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El hombre siente y ama la vida, esta pulsión dilata el alma en una necesidad incontenible de expresarse.

El conocimiento, el ir entendiendo algún sentido, desemboca en un torrente pasional, ese placer de crecer y estar vivos.

Esto es el amor, y una de las formas de amar es registrar, anotar, acariciar, dibujar la vida.

Por eso dibujamos.

Lo que ven nuestros ojos, lo que descubren, y llega a la retina de nuestro corazón para impulsar a la mano a garabatear.

Pienso que cuando se siente con intensidad y se expresa con convicción y vehemencia, se alcanza a rozar el arte de vivir.

Son esos instantes fugaces de la vida, en que sintiéndonos en armonía con el entorno, se abarca el universo todo y los misterios del infinito.

Y somos hombres en plenitud.

El camino del arte es crear, es darse a los demás para compartir esa plenitud, sin mezquindades ni renuncias, independientemente de las circunstancias en que nos pone la vida cotidiana.

 

Creemos en esos momentos fugaces, si no fuera así no rastrearíamos con insistencia sus huellas y a nosotros no nos iluminaria esa luz sutil, tenue, apenas perceptible  pero absolutamente irresistible que irradian.

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